Los fracasos del fracaso del “modelo”

Los fracasos del fracaso del “modelo”

El pasado 23 de junio Andrés Velasco fue invitado a comentar el nuevo libro de Alberto Mayol y José Miguel Ahumada. El título de la obra es llamativo: “Economía política del fracaso, la falsa modernización del modelo neoliberal”. ¿Quieres saber qué dijo Andrés sobre este libro? Aquí está todo:

“Economía Política del Fracaso”, de Alberto Mayol y José Miguel Ahumada, pretende ser la crónica de varios fracasos anunciados. Uno es económico. En el lenguaje del libro, el “modelo neoliberal” habría fracasado en su objetivo de modernizar la economía, entre otras razones porque Chile no ha logrado diversificar su estructura productiva y su canasta exportadora.

El fracaso también sería político. Mayol y Ahumada apuntan a la centro-izquierda (política e intelectual) como cómplice activo que habría permitido que el “modelo” perdure. De ese modo, el fracaso no solo sería atribuible a los arquitectos originales como José Piñera o Sergio de Castro, sino que también a los políticos de la Concertación que habrían e intelectuales como Eugenio Tironi, Carlos Peña y Fernando Atria, en tanto legitimadores del “modelo neoliberal”.

“Modelo” y “modernización” se repiten una y otra vez en la línea argumental del libro. El problema es que son categorías analíticamente vacías. Sobre fundamentos tan frágiles no se puede construir un argumento robusto. Mucho menos una condena prácticamente todo lo que ha ocurrido en la economía, la política y la sociedad chilena en el último cuarto de siglo.

¿Qué modelo?

Quienes hablan del “modelo” no lo hacen nunca con medias tintas. Por un lado, economistas como Hernán Büchi o Rolf Lüders se refieren en tonos cuasi-religioso de este “modelo” que habría permitido a Chile retomar la senda del crecimiento económico perdida hace unas décadas atrás. Encontrarnos en el umbral de los $20 mil dólares per cápita – considerado para algunos como el umbral del desarrollo – sería obra exclusiva de la mano invisible de este “modelo”. Le tocamos una tuerca, a veces parecen advertir sus defensores acérrimos, o le cambiamos una coma a sus leyes, y el “modelo” se viene abajo, la civilización colapsa y regresamos a la barbarie.

En el otro extremo del debate están quienes culpan a este “modelo” de cuanta dificultad aparece en el horizonte. En boca de críticos como Alberto Mayol y José Miguel Ahumada, el modelo es algo apestoso y terrible. Toda crisis – real o aparente, económica, política o social – tendría sus bases precisamente en las dinámicas rentistas e individualistas que el “modelo” habría instaurado en Chile. Por tanto, argumentan los autores, al “modelo” no solo hay que intervenirlo sino que abolirlo para evitar un colapso sistémico.

Cuando el mismo concepto es todas esas cosas para tanta gente, cuando es todo bueno o todo malo, blanco o negro, deja de ser analíticamente útil. Al leer el libro dan ganas de formular una propuesta que seguro será rechazada, pero la planteo igual: que cualquier texto de ciencias sociales que en Chile quiera hacer un aporte, omita desde ahora en adelante cualquier referencia al “modelo”.

Por lo demás, como el libro mismo menciona, hay una vasta literatura académica sobre las variedades de capitalismo[1]. El capitalismo anglosajón de Estados Unidos y Gran Bretaña poco y nada tiene que ver con el capitalismo más corporativista de Alemania o Francia, que a su vez no es el mismo que el capitalismo desarrollista de Corea del Sur, Singapur o Hong-Kong. Del mismo modo, el capitalismo chileno no es el mismo que el de Argentina, y el capitalismo chileno del 2015 tiene muchas diferencias con el de 1985. Meter todo en el mismo saco no es ni muy útil ni muy revelador para este tipo de análisis.

¿A qué tipo de capitalismo corresponde el “modelo”? ¿A todos? ¿A ninguno? ¿Cómo ha variado esa correspondencia a lo largo del tiempo? Para esas preguntas claves el libro de Mayol y Ahumada no ofrece respuesta alguna.

 

¿ Qué modernización?

La “modernización”, o “hipótesis modernizadora”, de que habla el libro adolece de similares problemas. En el texto hay serie de definiciones de lo que conceptualmente no es la “modernización”, pero ninguna que clarifique en que sí consiste. Lo que sí queda claro es que la modernización debe ser algo bueno, porque al no haberse modernizado –Mayol y Ahumada sostienen— Chile fracasó.

Al igual que con el concepto anterior, hay una vasta literatura académica sobre modernización. Un interesante debate se dio entre lo que se conoce como la “teoría de la modernización” y la respuesta desde América Latina impulsada por Raúl Prebisch y la “teoría de la dependencia”. Para los promotores de la primeria teoría, como Seymour Martin Lipset[2], mayores niveles de urbanización, educación e industrialización permitirían lograr una democracia estable, sinónimo unívoco de una sociedad “moderna”. En contraposición, la respuesta latinoamericana argumentaba que resultaba prácticamente imposible alcanzar la modernización a través de la “imitación”, sino que era necesario generar estímulos volcando el desarrollo a través de una industrialización “hacia adentro”[3].

A pesar de ser respuestas distintas a un mismo fenómeno – la necesidad de alcanzar la modernización– todas las definiciones que se encuentran en este debate son multidimensionales. Haberse “modernizado” implica haber cambiado en muchos frentes a la vez. En algunas de estas dimensiones Chile ha tenido éxito y en otras no. Sospecho que nuestros vecinos latinoamericanos que vinieron a la Copa América de 1991, y ahora a la de 2015, no tienen duda que en algunas dimensiones Chile sí se modernizó. Basta con andar por la calle.

Afirmaciones que disparan a la bandada y concluyen “ya somos modernos” o, por el contrario, “la modernización” fracasó, pueden ser útiles porque caben en una pancarta, pero no resultan iluminadoras en un libro de varios cientos de páginas. La complejidad de la modernización, que es la importa para decidir políticamente el camino —como país— hacia adelante, está ausente de análisis de Ahumada y Mayol.

La tesis económica de la diversificación

Pero no todo lo que se diga sobre el libro ha de ser crítico. Hurgando más allá de la retórica de “el fracaso del modelo” y “la frustrada modernización” uno da con una observación correcta: el no haber diversificado la matriz productiva y la canasta exportadora es una falla importante de la política y la economía de Chile. Si comparamos la canasta exportadora de nuestro país entre 1990 y 2010, es posible ver cómo en veinte años la única variación significativa es el crecimiento de la participación de las exportaciones de cobre, empujadas principalmente por el explosivo aumento en el valor de este mineral.

Además de cobre, has tres o cuatro décadas exportábamos madera, celulosa, fruta, vino y pesca. Hoy exportamos básicamente lo mismo. Por muchos años el debate público ha repetido los mantras de “agregar valor” a nuestras exportaciones o “escalar la cadena de valor”. Poco o nada de eso ha ocurrido.

También es correcta la crítica que realiza el libro a la falta de espíritu emprendedor de parte de nuestra clase empresarial. Han sido muchos quienes han logrado generar riquezas aprovechando las rentas derivadas del boom de los recursos naturales. Pero la innovación y particularmente la modernización requieren de algo más que la generación de riquezas derivadas de materias primas. Se requiere de lo que el economista inglés John Maynard Keynes denominaba “espíritus animales”, que muchas veces escasean en Chile.

Pero ninguna de estas dos críticas es especialmente novedosa. La idea de que no diversificar la economía ha sido un fracaso es cada día menos controvertida. Lo afirman de modo exhaustivamente documentado el venezolano Ricardo Hausmann de Harvard y el profesor chileno César Hidalgo de MIT.[4] También lo dicen sartas crecientes de documentos de la OCDE, el Banco Mundial y el BID sobre Chile. Me atrevería a decir que esa crítica hoy la comparte todo el mundo académica menos los Chicago Boys más ortodoxos, y sus discípulos de la Católica y la Universidad de los Andes.

Ahora, la falta de diversificación de la matriz productiva no tiene nada que ver ni con el llamado neo-liberalismo ni con el “modelo”. Un gran economista latinoamericano nacido en Cuba, Carlos Díaz Alejandro solía argumentar que el país latinoamericano que menos había diversificado su economía, y que por lo tanto era discípulo más ortodoxo de David Ricardo y la teoría de la ventaja comparativa es…. Cuba bajo los hermanos Castro.

A la luz de la evidencia empírica, resulta difícil atribuir como un “fracaso” del “modelo neo-liberal” que Chile no haya logrado diversificar su economía. Un país como Cuba – con un “modelo” diametralmente opuesto por una parte no ha logrado ni crecimiento económico ni diversificación productiva. En síntesis, el diagnóstico del libro puede resultar correcto, pero las causas atribuidas al problema no lo son.

Implicancias redistributivas

El fracaso de la no-diversificación tiene implicancias no solo económicas, sino que también sociales y políticas. El libro de Mayol y Ahumada alude a la tesis liberal de John Stuart Mill de que producción y distribución pueden separarse. Es decir, una nación puede decidir qué producir siguiendo los dictados del mercado y decidir cuánto redistribuir siguiendo los dictados de la democracia y la voluntad política. Esa tesis es, en lo esencial, correcta.

Pero como el mismísimo Mill habría sido el primero en responder, la hipótesis también tiene límites, que son al menos dos. En primer lugar, el mercado falla a veces en las señales que envía para la producción. Beneficios sociales e individuales no siempre son los mismos. Eso justifica una política industrial que a la derecha no le gusta. Y en segundo lugar, también hay límites a la redistribución exclusivamente a través de las transferencias fiscales, realidad que a la izquierda ortodoxa no le gusta.

Chile es un país muy desigual. Y esa desigualdad hay que combatirla con políticas distributivas. Pero al mismo tiempo, una política social basada primordialmente en las transferencias focalizadas también empieza a mostrar sus límites. La brecha entre los ingresos autónomamente generados por los hogares ricos y pobres ha resultado tan persistente, que pretender cerrarla sólo a punta de transferencias no nos llevará muy lejos. Y nadie quiere una sociedad en que algunos tengan la oportunidad de abrirse paso en la vida y otros tengan que vivir sólo de bonos o subsidios. Las personas exigen tener las herramientas para estudiar, trabajar, y generar sus propios ingresos. Y la política pública, ejecutada desde el Estado, debe entregar esas herramientas.

Las mayores oportunidades deben ser de educación y capacitación, pero también de financiamiento. Porque para innovar, inventar un producto o fundar una empresa se necesitan ideas y dinero. Y en Chile o en cualquier país suele ocurrir que los que tienen ideas no tienen dinero, y los que heredaron dinero no necesariamente cuentan con ideas. Juntar las buena ideas con el dinero es la función de un sistema financiero moderno, que no discrimine, que esté comprometido con la innovación, que financie la toma prudente de riesgos. En este plano Chile tiene mucho que avanzar.

Las conclusiones que el libro omite

Si uno se toma en serio el diagnóstico que es imprescindible diversificar la matriz productiva y la canasta exportadora de Chile, es difícil eludir ciertas conclusiones que a los autores del libro probablemente no le gusten para nada.

La primera es que varias de las reformas hoy en el tapete están mal enfocadas. En educación, hemos hablado mucho de plata –lucro, gratuidad, subsidios— y poco de contenidos. El currículum de la enseñanza escolar, el rol de la educación técnica, la estructura anticuada de las carreras universitarias –todos estos temas brillan por su ausencia. Sin una mejor educación técnica y científica, podemos hablar por varias décadas sobre la diversificación de nuestra economía, pero los cambios no llegarán.

De la misma manera, es necesario cambiar el enfoque del debate laboral en Chile, poniendo los énfasis en políticas laborales que favorezcan la inserción de mujeres y jóvenes al mercado laboral. Debatir también debatir sobre los programas de capacitación, los que actualmente se enfocan de manera exclusiva en los desempleados, olvidando con esto que la capacitación debe ser accesible también para quienes hoy no se encuentran trabajando.

Las implicancias del análisis también permean la esfera política, con elementos que acaso tampoco compartan los autores del libro. Para modernizar el país y diversificar la economía es necesario también adoptar una postura reformista con un fuerte énfasis en el desarrollo. Y para eso debemos superar las trampas ortodoxas de la derecha y la izquierda tradicional en Chile. En un extremo, la izquierda ortodoxa suele desconfiar del sector privado y de cualquier colaboración público-privada, esencial a la hora de fomentar la innovación. Conceptos como productividad y competitividad no están en el léxico de esa izquierda. En el otro extremo, la derecha defiende a un mercado todopoderoso, y ve en toda política de innovación y desarrollo productivo una amenaza estatista.

Ambas posturas están equivocadas. No es el estatismo ni el mercado puro la respuesta para continuar con el crecimiento. Si algo define el éxito alcanzado en las últimas décadas ha sido precisamente una visión de centro reformista que reconoce en el mercado el motor para el crecimiento y en el Estado el eje articulador de la estrategia productiva y de la redistribución social. Cuando al centro político le ha ido bien, a Chile le ha ido bien. Es hora de retomar ese otro “modelo”.

[1] Ver por ejemplo “Varieties of Capitalism: The Institutional Foundations of Comparative Advantage” de Peter A. Hall & David Soskice (2001) o “The Evolution of Modern States: Sweden, Japan, and the United States” de Sven Steinmo (2010).

[2] “Some social requisites of Democracy: Economic development and Political Legitimacy” (1959)

[3] Ver por ejemplo “Dependency and Development in Latin America” de Cardoso & Faletto (1979), o “Modernization and Dependency: Alternative Perspectives in the Study of Latin American Underdevelopment” de Valenzuela & Valenzuela (1978).

[4] Ver “Atlas of Economic Complexity: Mapping Paths to Prosperity” de Hausmann et al. (2014)