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El centro reformista en América Latina

El centro reformista en América Latina

Se dice que el escritor vienés, Stefan Zweig, afirmó: “Brasil es el país del futuro – y siempre lo será”. De la misma forma, el centro político en América Latina siempre ha estado en el horizonte – hasta ahora.

Para quienes la observan desde afuera, la región es prácticamente sinónima con la polarización política. Los guerrilleros de uniforme verde oliva, los populistas carismáticos y los reaccionarios jefes de juntas militares, han sido figuras más reconocidas que los políticos moderados vestidos de un deslucido gris.

Sin embargo, en América Latina existe una larga – aunque no siempre fructífera – historia de reformistas liberales de centro. En el siglo XIX, fueron los liberales quienes laboriosamente separaron las instituciones de sus nuevos estados de las de la iglesia católica. En los años ’30, los políticos de una izquierda moderada, en respuesta a la crisis que la Gran Depresión había desatado en la región, construyeron los rudimentos de un estado de bienestar moderno. En los ’60, los políticos de centro de diferentes tendencias – muchos de ellos democratacristianos – lucharon por encontrar una alternativa a la amenaza de la revolución armada y al totalitarismo de la Cuba de Fidel Castro.

Los fracasos del fracaso del “modelo”

Los fracasos del fracaso del “modelo”

El pasado 23 de junio Andrés Velasco fue invitado a comentar el nuevo libro de Alberto Mayol y José Miguel Ahumada. El título de la obra es llamativo: “Economía política del fracaso, la falsa modernización del modelo neoliberal”. ¿Quieres saber qué dijo Andrés sobre este libro? Aquí está todo:

“Economía Política del Fracaso”, de Alberto Mayol y José Miguel Ahumada, pretende ser la crónica de varios fracasos anunciados. Uno es económico. En el lenguaje del libro, el “modelo neoliberal” habría fracasado en su objetivo de modernizar la economía, entre otras razones porque Chile no ha logrado diversificar su estructura productiva y su canasta exportadora.

El fracaso también sería político. Mayol y Ahumada apuntan a la centro-izquierda (política e intelectual) como cómplice activo que habría permitido que el “modelo” perdure. De ese modo, el fracaso no solo sería atribuible a los arquitectos originales como José Piñera o Sergio de Castro, sino que también a los políticos de la Concertación que habrían e intelectuales como Eugenio Tironi, Carlos Peña y Fernando Atria, en tanto legitimadores del “modelo neoliberal”.

“Modelo” y “modernización” se repiten una y otra vez en la línea argumental del libro. El problema es que son categorías analíticamente vacías. Sobre fundamentos tan frágiles no se puede construir un argumento robusto. Mucho menos una condena prácticamente todo lo que ha ocurrido en la economía, la política y la sociedad chilena en el último cuarto de siglo.

Reconstruir el centro político

Reconstruir el centro político

Andrés Velasco:”Ser de centro implica luchar por las ideas propias, no limitarse a sugerir matices -vocablo tan de moda- a proyectos de ley de matriz ideológica distinta a la del centro reformista. A punta de parches no se genera ni buena legislación ni mucho menos un proyecto político de largo alcance…”.

Un fantasma recorre Chile: el fantasma de la ausencia del centro político. A Chile le fue bien cuando al centro le fue bien. Así ocurrió en los años 30 y 40, cuando de la mano del Partido Radical surgió una nueva clase media y se construyeron los cimientos de un Estado de Bienestar en nuestro país. Ocurrió también en la década de los 60, cuando un nuevo centro de inspiración social cristiana llegó al poder con un impulso reformista y renovador. Y ocurrió, por supuesto, en 1990-2010, cuando la colaboración del centro y la izquierda renovada hizo posible década tras década de estabilidad y progreso.

Hoy el centro político está debilitado. Y las consecuencias para Chile están a la vista. En parte esa debilidad es resultado del nefasto sistema electoral legado por la dictadura, que impuso el marco único de la opción binaria. También engendró una dinámica electoral en que, al apostar cada coalición por asegurar un escaño, la disputa se daba por el voto duro de cada sector y no por el voto mayoritario de centro. El resultado fue un Congreso con ideas mucho más extremas y polarizadas que las del electorado nacional.

La peligrosa política del euro

La peligrosa política del euro

SANTIAGO – El jurado aún no decide si Grecia logrará evitar el default, permanecer en la eurozona y revertir la brutal contracción de su economía. Pero cualquier jurado justo ya se hubiera pronunciado sobre las consecuencias políticas de la moneda común: un fracaso total.

Por supuesto, la justificación del euro siempre fue de índole política y se dio en dos variedades: la burda y la elevada.

La justificación burda, rara vez discutida en forma directa por gente de buenos modales, era que los países de Europa meridional gastaban demasiado e imponían una carga tributaria muy baja, por lo que se endeudaban en exceso. Mientras pudieran financiar sus déficits emitiendo moneda y devaluándola de vez en cuando, no dejarían de ser imprudentes. Sólo la camisa de fuerza del euro y una política monetaria dirigida desde Frankfurt podrían hacerlos entrar en vereda.

Ésa era la teoría. En la práctica, el resultado fue exactamente lo opuesto. Tras que desapareciera el peligro de la devaluación, los diferenciales de las tasas de interés se desmoronaron, y con ellos el costo de los créditos. Los países europeos de menores ingresos se inundaron de dinero barato proveniente del exterior. En algunos – Grecia, Italia, Portugal – este dinero financió un gasto público insostenible. En otros – España e Irlanda – financió las ilusiones extravagantes de ciertas empresas inmobiliarias privadas. Las deudas se dispararon por doquier.

Meritocracia y democracia en la educación pública

Meritocracia y democracia en la educación pública

SANTIAGO – ¿De dónde provienen las elites latinoamericanas? Si nos guiamos por el realismo mágico, tendencia literaria que una vez fue de gran popularidad en Estados Unidos y Europa, pertenecen a una de las 14 familias (sí, 14 es el número que se repite) que desde la colonia son propietarias de toda la tierra arable – y de todo lo demás.

Pero la realidad es más compleja que la ficción. En la mayor parte de América Latina, las familias tradicionales hace mucho tiempo que aprendieron a compartir el poder político con una elite diferente: urbana, profesional, culta y egresada de los mejores liceos y universidades públicas de la región. En Chile, sin embargo, esto podría estar a punto de cambiar.

El Instituto Nacional es tan antiguo como la República de Chile. Es gratis, tiene un sistema de admisiones basado sólo en el mérito, y estudiantes de familias de clase media o de sectores populares componen la mayor parte de su alumnado.

En las pruebas de selección para la universidad que se realizaron el año pasado, veintidós alumnos del Instituto Nacional obtuvieron puntajes nacionales – muchos más que los nueve provenientes del segundo mejor plantel, un colegio privado y caro del Opus Dei. En el Instituto Nacional y en su par femenino, el Liceo 1, se han educado dieciocho presidentes chilenos, y cuatro de los últimos siete, entre ellos Michelle Bachelet.