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Cómo funciona el populismo económico

Cómo funciona el populismo económico

SANTIAGO – Hoy día, ante la llegada al poder de los populistas en el mundo occidental, se está gestando un conflicto sobre la propiedad intelectual de su orientación. Escritores como John Judis afirman que los estadounidenses decimonónicos inventaron el populismo político, con su postura antielitista y su inflamatoria retórica. Acaso no estén de acuerdo con esto los argentinos, que aportaron al mundo el ultrapopulista Juan Domingo Perón, ni tampoco los brasileños con su conocido Getúlio Vargas.
Pero no puede haber desacuerdo alguno en que los latinoamericanos han sido los mejores y más antiguos practicantes del populismo económico. En el siglo XX, Perón y Vargas, junto con Alan García en Perú (por lo menos durante su primer período), Daniel Ortega en Nicaragua, Salvador Allende en Chile y muchos otros, practicaron el proteccionismo comercial, incurrieron en altos déficits presupuestarios, sobrecalentaron sus economías, permitieron el alza de la inflación, y eventualmente sufrieron crisis cambiarias. En años recientes, Hugo Chávez y Nicolás Maduro de Venezuela han practicado estas políticas en forma aún más extrema.

El corazón antidemocrático del populismo

El corazón antidemocrático del populismo

SANTIAGO – En la reunión anual del Fondo Monetario Internacional efectuada a principios de octubre, se escuchó a muchos de sus participantes expresar algo así: “Si los republicanos hubieran nominado a alguien con las mismas opiniones anticomercio de Donald Trump, pero que no hubiera insultado ni acosado sexualmente… ahora un populista proteccionista iría camino a la Casa Blanca”.

La visión subyacente es que el creciente populismo de izquierda y de derecha, tanto en Estados Unidos como en Europa, obedece directamente a la globalización y sus consecuencias indeseadas: la pérdida de puestos de trabajo y el estancamiento de los ingresos de la clase media. Esta es una conclusión abominable para los visitantes frecuentes de Davos, quienes, sin embargo, la han abrazado con el fervor de conversos recientes.

 

Los mercados y la calidad de las escuelas

Los mercados y la calidad de las escuelas

SANTIAGO – Hoy día, las escuelas privadas están en gran expansión en todo el mundo, y especialmente en los países en desarrollo. Según The Economist, en 2010, en dicha parte del mundo existían alrededor de un millón de escuelas privadas. Este número ha ido en rápido aumento. Desde América Latina a África y al sur de Asia, las escuelas privadas están penetrando en comunidades – pobres, en su mayoría – en las que el Estado ha sido lento a la hora de proveer servicios.

Esta tendencia ha resultado ser polémica. La combinación de los mercados y la educación es blanco de tres críticas principales. La primera se enfoca en la justicia distributiva: si todo, incluso la educación, se encuentra en venta, quienes dispongan de más dinero adquirirán más. La desigualdad de conocimientos (y, por lo tanto, de ingresos) de una generación pasará a la próxima, quizás de forma ampliada.

El sistema previsional chileno en aprietos

El sistema previsional chileno en aprietos

SANTIAGO – Los sistemas previsionales de prestaciones definidas están bajo presión. Los cambios demográficos entrañan problemas para los llamados sistemas de reparto, en los cuales las cotizaciones que hacen los trabajadores actuales financian las pensiones. Y las tasas de interés extremadamente bajas crean problemas para los sistemas de capitalización, en los cuales el rendimiento de las inversiones previas paga las jubilaciones. Hace poco, el Financial Times se refirió a este asunto como “una crisis social y política que va en desarrollo”.

Patricio Aylwin

Patricio Aylwin

Cuando conocí a Patricio Aylwin, se me entró la voz.

Corría 1991. Don Patricio era Presidente de la República y yo un joven asesor en el Ministerio de Hacienda. El ministro de la época, Alejandro Foxley, me encargó informar al Presidente de las conversaciones con México, país con el que negociábamos un acuerdo de libre comercio.

Camino a la reunión iba confiado; como miembro del equipo negociador chileno, conocía bien el asunto. Pero una vez que entramos al comedor presidencial, me invadieron los nervios. Estábamos en el palacio de La Moneda, y ese señor delgado que tenía al frente era el Presidente de la República. “Explícale al Presidente” dijo mi jefe, el ministro, y yo abrí la boca para hablar…. pero no salió sonido alguno. Otro intento… y con desesperación y tremenda vergüenza escuché como surgían de mi garganta unos ruidos incomprensibles.